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Alberto Martin del Pozo

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Pre-arqueólogo

No se me ocurre nada (de momento)

Quosque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?
April 07

Una de espías

Apoyó la espalda contra la pared, intentando controlar la respiración. Notaba frías las gotas de sudor que recorrían su rostro y su espalda, y que ahora comenzaban a empapar la camiseta que le separaba de la pared contra la que se apoyaba. Aguzó el oido, intentando registrar algún sonido en el silencio que reinaba en el edificio. En el pasillo contiguo, una radio sonaba apagada por la distancia. Notaba los latidos del corazón rebotando en sus sienes, ampliados de manera dolorosa por la tensión. Cerró los ojos, y contó hasta diez, relajandose. Volvió a abrir los ojos y analizó la situación. Una ventana, frente a él, se abría al jardín situado en la parte delantera del edificio. Aunque pasó por su cabeza, saltar por la ventana de un séptimo piso no era una opción.


Oyó un golpe detrás de la pared contra la que seguía apoyado. Despúes, comenzaron a escucharse pasos que se acercaban lenta e inexorablemente. Un, dos, tres, cuatro. Cada vez más cerca. Paseó la mirada por la habitación. Podía ocultarse en el armario empotrado, o debajo de la cama de matrimonio, pero no serviría de mucho, terminaría por encontrarle. No tenía salida. En ese instante, un despertador sobre la mesilla comenzó a sonar. Por un momento su corazón dejó de latir. Se precipitó sobre la mesilla, y apagó como pudo el despertador. Con el aún en la mano, miró hacia la puerta, frente a la cual debían de haberse detenido los pies que le perseguían. Ahora ya no había salida, y el lo sabía. Estaba acabado. El pomo comenzó a girar, lentamente, hasta que la puerta comenzó a abrirse. Una mano blanca, de largos dedos, empujaba el pomo y con él, su final. Cerró los ojos, esperando el final, no había podido huir, ni esconderse, ni escabullirse de su trágico destino. Lanzó una mirada fugaz a la ventana, no, no podía saltar, debía ser fuerte. Miro a los ojos marrones de su verdugo, y se consoló pensando que no le dolería.


- Vas a llegar tarde al trabajo.

-Ya iba, cariño.

- No tardes, tienes el café en la mesa de la cocina, nos vemos a la hora de comer.
- Vale.


La puerta se cerró de nuevo.


- Maldito lunes.

March 12

Un metro. Cien centímetros.

Un metro. Cien centímetros. Apenas una zancada, mucho menos que un autobús, menos que un coche. Un niño supera con poca edad el metro de estatura. El cable que conecta este ordenador a la red tiene más de un metro. Muchas plantas a las que el viento mece a su antojo tienen más de un metro. Necesitarías más de ocho mil varas de un metro para, una sobre otra en equilibrio, alcanzar el punto más alto del planeta, y necesitarias más de 360 millones de ellas para, flotando en el universo, llegar a alcanzar la luna. A simple vista, un metro es una miseria, una barrera extremádamente fácil de franquear, una distancia minuscula que recorrer, apenas un paso o el esfuerzo similar a arquear el cuerpo para asir con el brazo algo alejado apenas cien centimetros de nosotros. Cualquiera puede lanzar una piedra más allá de un metro, y por fortuna, casi todos somos capaces de ver más allá de un metro de distancia. Un metro, cien centímetros.

Pero, cuando la distancía de un metro se abre entre dos personas, en ocasiones se convierte en una barrera infraqueable, una fosa abisal de imposible fondo y atrayente oscuridad. A veces, no hay nada tan dificil como romper el último metro. Y en ocasiones es así porque uno de los dos extremos del metro no quiere, o porque ambos no quieren, o porque ambos dudan, o por miedo, o por falta de curiosidad. Mil razones frente a cien centimetros. Llega un momento en que la frontera se estabiliza, se crean lineas sagradas delimitando el metro de nadie, el territorio muerto que separa dos sistemas complejos que avanzan en paralelo.

Que avanzan en paralelo, pero que, por misterios físicos, en ocasiones parecen acercarse y tontear con el miedo. A veces, los cien centimetros se reducen a cincuenta, y cuando la colisión parece evidente, el metro se reconstruye cuando una de las fronteras da un paso atrás. En otras ocasiones, la zona de nadie se ensancha, dos metros, quizá tres, y entonces una de las fronteras se obliga a avanzar para recuperar ese metro perdido, buscando de nuevo el avanzar paralelo y rectilíneo. En algunos momentos, la atmosfera contenida en los cien centimetros se espesa, oscureciendo el infinito comprendido en esos cien centimetros, precediendo momentos de tensión que parecen dispuestos a separar por fin los sistemas paralelos en busca de nuevas líneas tangentes. Pero, en la mayoría de las ocasiones, la atmosfera vuelve a su condición original y permite de nuevo ver el horizonte.

A pesar de la importancia sagrada y aparentemente vital de los cien centímetros, los engranajes fundamentales de la frontera son los cuerpos que se mueven paralelos a ambos lados del abismo. Si ambos quisieran, sería simple romper la barrera, levantar la frontera, vaciar la aduana, y ser dos en lugar de la suma de unidades. Si ambos quisieran, también sería fácil ampliar el vacio hasta que pudiera contener el infinito, y avanzar en direcciones opuestas. El mayor problemaes conocer las intenciones del otro lado de la frontera. No se sabe cuan comodo se siente el otro a un metro, si le gustaría estar a dos o le gustaria reducir la distancia, o si, simplemente, vive bien a un metro del otro, desde donde puede oirle avanzar sin el compromiso de responder. A veces se tantea el infinito. avanzando, o se respira, retrocediendo. 100 cm pueden convertirse en 60, pero también en 2000. Cien centimetros sagrados, pero no invulnerables.

En ocasiones, un cuerpo rompe la barrera de los cien centimetros y el otro, momentaneamente, decide romper su sagrado limite y cruzarse violentamente con el otro cuerpo para luego volver a separarse y seguir caminando a cien centimetros. En estas ocasiones, es posible que uno de los cuerpos siempre anhele romper la barrera y volver a esos diez centimetros en los que podía oler la piel al otro cuerpo, o a esos 5 centimetros en los que podía vagabundear en sus ojos, o a esas micras en las que podía sentir su piel y sus labios. Quizá nunca ha llegado tan lejos, pero ninguna ley prohibe a los sueños volar mas allá de los cien centimetros.

 A veces una separación paulatina, ciento uno, ciento dos, ciento tres, es el resultado del conformismo de los cien centimetros, aunque en otras ocasiones, tratar de franquear los cien centimetros es precisamente la forma más rapida de alejarse. No es fácil mantener las distancias. No es fácil vivir a un metro, cien centimetros.



June 06

El libre albedrio

Mi creencia en el destino varía. Tengo temporadas, las menos últimamente, en las que soy ferviente defensor del devenir universal, de la rueda de la fortuna, o del ente que controla las cuerdas que nos mueven como marionetillas. Otros días, los más, soy mas firme defensor de la capacidad humana de elegir su propio destino, de guiar sus propios pasos.


Esta tarde, cuando volvía hacia casa de tomar un helado en la Plaza Mayor, pensaba en ello. En si realmente tenemos capacidad para alterar nuestras vidas, si tenemos capacidad directa de influir en nuestra vida o de tomar decisiones realmente vitales. No hablo de decidir el color de nuestro coche, la marca de nuestro móvil o el lugar donde compramos los pantalones vaqueros. Digo decisiones importantes, estudios, empleos, destinos, amores, amigos, etc... por más que quizá cualquier decisión trivial pueda decidir muchas cosas de nuestra vida. He de reconocer que hoy estaba la balanza poco inclinada hacia la predestinación, hacia el ente. Pero claro, todo ha cambiado cuando he llegado a casa y el capítulo de hoy de House ha hablado de esto. “Ente santo, me envías una señal, existes pues” Claro, estar pensando en esto, y que la única hora de televisión consumida te de darle más vueltas al tema, es para pensárselo.

 
¿Existe el destino? ¿es posible decidir sobre nuestras vidas? ¿en que medida? No creo en Dios (a no ser que nos estemos refiriendo a Raúl González Blanco), y por lo tanto, se me hace difícil creer en la existencia de un ser superior que maneje a su antojo nuestro destino. Pero a su vez, creo que hay cosas, coincidencias, casualidades que apunta en el sentido contrario. Estar en un sitio, conocer a alguien, ver algo…. Estar en el sitio adecuado a la hora adecuada. No se… Creo que tenemos mucha menos capacidad de decisión sobre nuestra vida de la que pensamos. No podemos decidir donde nacemos, ni nuestra familia, eso es evidente, y aquí empieza nuestra mínima capacidad de decisión. Nacemos condicionados por algo que no podemos evitar. Se nos impone de antemano un entorno social-familiar-cultural que modela nuestras primeras decisiones. ¿En que medida después podemos decidir? En poco o muy poco, nuestra forma de ser es una decisión que se nos escapa, nuestra forma de pensar es modela y determinada en gran medida por otros. Esa forma de ser y de pensar determina muchas cosas de nuestra vida. Hacemos cosas por que nos gustan, y pensamos que en ese momento decidimos por nosotros mismos. Pero, ¿porque algo nos gusta, nos encanta o nos disgusta? ¿Porque odiamos o amamos? ¿Tenemos capacidad de decisión sobre nuestros gustos? ¿Yo puedo decidir que me gustan las verduras o el pescado?

 
Esto evidentemente es aplicable a muchas cosas. Si elegimos nuestra carrera por gusto… ¿que hace que eso nos guste? ¿Porque a mi me gusta la historia y no la medicina, o la física cuántica? Y por supuesto al terreno personal. ¿Porque amamos a una determinada persona? ¿Porque odiamos? ¿Porque me gustan las rubias? Si no podemos decidir sobre nuestros gustos, y nuestros gustos determinan muchas cosas de nuestra vida… ¿eso quiere decir que no podemos decidir sobre nuestra vida? Amar a alguien es posiblemente una de las cosas más importantes de nuestra vida, en la medida que amar y ser amado nos hace felices. En la medida que compartir la vida con alguien suele ser objetivo primordial de la existencia de muchas personas. ¿Si esa decisión tan importante escapa de nuestras manos, es el destino quien nos guía? Amar no está en nuestras manos, no decidimos amar, e igual que no decidimos amar, no podemos decidir desamar, olvidar, o cualquiera de los sinónimos aplicables a dejar de sentir algo por una persona. Y es una putada.

 
No creo en la predeterminación, pero cada vez pienso más que somos actores de una gran obra de teatro, ya lo decían Shakespeare y Cervantes y yo no soy quien para llevarles la contraria. Una obra, por otra parte, fatalmente producida, con una fotografía pésima y con un mal reparto.

 
Yo, por otra parte, sigo esperando un nuevo cambió de guión.

March 05

La "señorita de mala reputación" mala educación

Perdonen el improperio del título, pero estas cosas es mejor sacarlas. Si te guardas para la intimidad de la almohada tu bilis, puedes terminar vomitando o matando gente. Les pongo rápidamente en situación para luego poder seguir insultando a diestro y siniestro. Sábado, ocho de la tarde, cine de la capital. Un plan bastante habitual supongo. Tú, tus palomitas, tu botella de agua, una chica, en este caso mi ex, ya saben, una no-relación de estas modernas. Una película de terror para que se te agarre la parienta, o en mi caso, para agarrarme a la botella de agua al lado de mi ex parienta. Lo normal.

 

Ir al cine suele ser un plan estupendo, la tranquilidad de la sala, el estupendo sonido, los asientos cada día un poco más cómodo, calentitos en invierno, fresquitos en verano. Un lujo. Solo algún desastre puede romper este maravilloso clima. Un sonido demasiado alto, una película decepcionante, o como no, algún hijo de puta, de esos que tanto abundan en este país nuestro en estos tiempos que corren. En este caso nos encontramos ante el último de los supuestos.

 

Para mi felicidad infinita, la sala se llenó de repente con 20 adolescentes de infantería, de los normales a la puerta de cualquier colegio/instituto. Pequeños niñatos felices de haberse conocido, y de ser tan estupendamente guays, y tan malos y tan modernos. Ni un segundo, ni uno solo, permaneció la sala en silencio desde su llegada. Cuando no era el Jonathan comiéndose a la Jenny, era la Jessi hablando por el móvil, o el Kevin eructando, emotivo momento que repitió hasta 7 veces durante la escasas dos horas de película. Y todo esto, por supuesto, entre las carcajadas del resto de sus acólitos, absolutamente encantados con sus gracias y que evidentemente no dejaron de parlotear durante toda la película. El resto del respetable allí reunido, suponganse, estaba tan indignado con el que esto escribe.

 

Pregúntome yo, ¿estos chavales son así de verdad?, ¿estos veinte individuos son representativos de la adolescencia española, en este caso salmantina? ¿no tienen unos padres que les eduquen o que les envíen a un internado en suiza para que allí lo hagan por ellos? ¿Hacia donde nos dirigimos dando tumbos? Me indigna ver como estos chavales hicieron de las suyas felices de ser como son, me indigna que en unos años el voto de estos chavales valga lo mismo que el de un premio Nobel.

 

Pero este es solo un hecho puntual. No voy a rasgarme las vestiduras hablando del botellón entre nuestra juventud, de su acceso a las drogas, ni de nada por el estilo, todos hemos tenido 15 años, y todos sabemos por donde van los tiros. Me preocupa mucho más ver como poco a poco la adolescencia, y con ella el resto del rebaño, pierde cualquier tipo de valor, de esos que precisamente apuntalan el sistema.

 

Hay sectores en la sociedad salmantina, de momento por suerte no absolutamente mayoritarios, a los cuales los ocho siglos de experiencia universitaria les han tocado bastante poco. Salamanca culta y limpia dice el eslogan. Lo de limpia, déjenme ponerlo en duda. Para echarse a reír pensando en la cultura del común solo hace falta ir al cine un sábado, o a ver Karmina Burana rodeado del sonido de cientos de politonos, o esquivar los salivazos de la buena gente en la Plaza Mayor, o sin ir más lejos, dar un paseo mientras el respetable acude a ciertas manifestaciones. Para mear y no echar gota.

 

Y encima, mi amigo Bill Gates no me deja poner puta en el título de esta entrada.

 

 

www.ciudadanoalberto.blogspot.com

 

PUTAAAAAAAAA.

January 29

Estar de Domingo

Estar de domingo.

Otro puto domingo más. Otra puta semana que acaba y otra puta semana que comienza. Un mes que casi se va y otro mes que está al caer. ¿No empiezas a estar un poco hasta las pelotas de la rutina? Si, seguramente lo esté. ¿Y a qué esperas? A que el mundo vuelva a girar, que el universo termine de encajar otra vez. Estamos a mitad de un cambio de ciclo que comenzó con estrépito el 1 de septiembre y que aún está por cerrar. Un cambio de ciclo importante, decisivo, traumático como son todos los grandes cambios, de resolución vital y en un momento crucial de mi existencia. El abismo de la última cruzada, y yo sin la libreta del Dr. Jones para saber que solo había que tirar tierra sobre el camino para poder verlo.

La vida son ciclos. Unos positivos y otros negativos. Ciclos más largos y más cortos. No voy a negar que el último ciclo fue bastante bueno, realmente bueno, y que esa es la razón por la que el interciclo que me está costando tanto. Un interciclo que se prolonga demasiado, cerca ya de cinco meses, y que se me antoja de lejana resolución. El anterior cambió de ciclo duró 4 meses, esta vez el universo, el ente, la energía, equis, se lo está tomando con calma.

Las semanas pasan como una colección de imágenes capturadas por un obturador y coloreadas en sepia. Gente, lugares, situaciones se suceden llevados por la misma energía que mueve mi vida últimamente, la inercia. Me dejo llevar, esperando una señal, un camino, una dirección, y esto se me empieza a asemejar a Roma, muchas calles, muchas direcciones, y ni un puto cartel que señalara donde estaba el McDonalds. Indecisión, dudas, no es tan fácil elegir hacia donde caminar, no hay autopistas que conduzcan a la felicidad, o a la ausencia de un dolor mayoritario, estado con el que nos conformamos la mayoría desengañados de poner en la balanza más penas que quinielas con pleno al quince. Vivimos, en realidad, esperando una quiniela con 12 aciertos, que nos permita echar unas cañas y unos pinchos sin tener que pensar, por un rato, en el bolsillo.

Es jodido ser consciente del vacío que rellena tu vida, de cómo las cosas han ido avanzando sin sentido hacia ninguna parte. Como te levantas una mañana y otra pensando en volver a dormir, para poder soñar con la quiebra de la rutina. Es triste sonreir al pensar en la posibilidad de que un enorme planeta se estrelle contra este vertedero y acabe definitivamente con todo. Sonreímos, se nos ilumina el rostro, los ojos brillan, es cierto que lo hacemos, es cierto que disfrutamos de buenos momentos, pero también es verdad que ya no es lo que era, que el patio del colegio quedó lejos, que ya no juego a la comba, ni cambio cromos en El Grande. Hasta Raúl se nos está haciendo viejo. Como dirían dos buenos amigos, tomo prestadas las ideas de ambos, en nuestro ojos empiezan a pesar los años y las amarguras, las dudas y los sufrimientos de la vida. Cada vez nos enfrentamos más al despertador con la mirada de un soldado del tercio viejo de Cartagena, en la llanura de Rocroi, con 15000 franceses delante.

Tampoco nos podemos quejar del todo, es cierto. Vivimos mejor que mucha gente, todo el mundo tiene problemas, no se puede ser siempre feliz. Yo no quiero ser siempre feliz, quiero ser inconsciente. Si, mirar el mundo tras una sonrisa bobalicona, metido en un coche tunnig ultimo modelo, escuchando rigiton de ese mientras me la chupa una rubia de bote a la que, con posterioridad, me calzaré en casa de sus padres. Estoy por meterme una pintura por la nariz, como Homer, para volverme más subnormal. Tampoco soy un intelectual, ni me doy aires de ello, pero soy consciente de mi alrededor, y eso duele. Duele estar en esta vida viendo pasar el agua por el Tormes. Sabiendo que deberías hacer algo, pero sin saber que hacer. Haciendo feliz a una gente, haciendo daño a otra, siendo indiferente a la mayoría, que te ve pasar como las vacas miran el tren, contentos de su ignorancia, felices de haberse conocido.

Estoy un poco cansado de este interciclo, se me está alargando demasiado, y a lo mejor un día me da por ponerle a mi fin, yéndome a tomar por culo, o al orificio corporal que ustedes prefieran.

Estar de domingo.- 1.Dicese del sentimiento de apatía generalizada que te envuelve cuando notas que está apunto de empezar una semana tan jodidamente asquerosa como la que se ha ido. 2. Vegetar en el sofá entre Pablo Motos e Iker Jiménez. 3. Sentimiento, que sin ser domingo, llega en un momento de sinsentido vital y que te conduce a escribir gilipolleces como esta. 4.- En Carpetovettonia Darse cuenta de la puta mierda de vida que llevamos.


www.ciudadanoalberto.blogspot.com

 
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